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yôkai

鬼すだく戸隠のふもとそばの花

oni sudaku togakushi no fumoto soba no hana

 

ronda el demonio,

a los pies del monte Togakushi

flores de alforfón

Yosa Buson

Al final de la lluvia, allí donde se disuelve el sendero entre la hierba y los helechos, justo en el corazón del bosque, en su esplendor, allí está el fantasma.

Buscar un lugar para plantar la tienda ha sido laborioso. A veces sol, a veces lluvia, a veces cumbres, a veces valles. Seco y llano son dos palabras que uso poco estos días. El Kumano Kodô es tan hermoso como exigente. Las piernas y el espíritu experimentan arrebatos y flaquezas al irse convirtiendo poco a poco en camino. Sol, lluvia, cumbres, valles…

El camino de peregrinación por la Península de Kii no tiene un fin concreto. Ni material ni espiritual. No hay un lugar al que arribar tras días de marcha entre las montañas, o a través de ellas sería mejor decir tal vez. No hay tampoco una salvación, una indulgencia. El perdón.

Caminar. Nada más. Un bastón de bambú, un sombrero de junco, una mochila. Los pies.

Yôkai Emaki. No sabía entonces que el famoso rollo con dibujos de yôkais era obra de Buson. Los yôkai son espíritus, demonios, fantasmas… no sabría cómo explicarlo, muy muy populares en el folclore (y más allá) japonés. Van desde lo grotesco o lo naif hasta lo más terrorífico que uno pueda imaginar. Desde una sandalia fantasma que se lamenta por las noches porque no tiene nariz a espíritus deformes que vuelven desde los infiernos para torturar a los vivos.

Kodama. El espíritu de los árboles. Aquí, rodeado de todo este verdor que tiñe hasta el cielo, no puedo evitar pensar en kodama. El eco de algo bueno que surge de la tierra y palpita y crece y da fruto. No sabría comprender, no me importa. Pero algo en mí, también incomprensible, responde a ese eco y se aquieta, y se recoge, y vuelve a la tierra.

En el Kumano Kodô la noche cae abruptamente sobre el bosque. Noto el suelo de la tienda duro y frío. La tierra. Abro la mochila y saco toda la ropa, la extiendo como mejor puedo a modo de colchoneta improvisada. Afuera la lluvia ha cesado pero sigue lloviendo. Ráfagas de viento arrancan lluvia vieja de las hojas y rebota sobre la tienda.

Pienso en los yôkai. Pienso en esta tarde. En los cangrejos y las flores blancas, en las mariposas y los helechos, en la salamandra que cruzó el sendero, y en la libélula que pareció mirarme. Pienso en los cedros erguidos como lluvia que sube al cielo, y en los tejos centenarios que sostienen la tierra.

Cuando la noche parecía más profunda, justo entonces, sonó un canto claro y decidido como un relámpago.

–Hototogisu –dijo M. inmediatamente.

Buson también escribió algún haiku sobre yôkais. Los oni, los demonios de las montañas y los bosques. Momiji, la poderosa bruja que vivía en la montaña Togakushi, que se transformaba en animales salvajes o en bella dama y acechaba a los viajeros. Cuando las hojas enrojecen en los albores del otoño. Un valiente samurai, una espada mágica regalo de Hachiman, dios de la guerra… En fin… Pobrecita Momiji…

Esta tarde también pensé en los yôkai. En la profundidad del bosque, al final de la lluvia. Pregunto a M. sobre el significado de los kanji inscritos en la tablilla que señala un desvío del sendero. Me dice algo de un antiguo cementerio. Ese gesto tan suyo de “wakarimasendeshita”, no entiendo muy bien, no me preguntes más…

Un silencio como escurrido directamente de las hojas de los árboles.

Hay un momento de madera en el que deseo quedarme junto al sendero. Otro contiguo en el que deseo que M. me acompañe.

Árboles y maleza parecen pugnar por devorar el rastro entre la hierba alta y los helechos. Cruzo el cauce seco de un río mojado por la lluvia. Santôka. Re(en)cuerdo, como en un trueno o su silencio. Camino y las plantas me empapan la ropa de lluvia que cayó. Una pasarela cubierta de musgo y verdín, de aspecto muy poco fiable, salva un arroyo. Dudo.

Saltar un arroyo crecido por la lluvia. Al otro lado el bosque más bosque, árboles cubiertos de líquenes y musgo. Ennegrecidos por la humedad. Parecen silencio mojado.

Días atrás, a lo largo del camino he visto hakas budistas señalando antiguas sepulturas, a veces perdidas en mitad del bosque. Aquí no hay. Busco. Rebusco. Nada. Nadie.

Alguien me mira. Lo sé.

Una lluvia finísima reemprende su repiqueteo sobre mi sombrero. Me lo quito. Escucho. Miro.

Al volver al sendero M. me pregunta si he visto algo. No sé qué cara pongo. Tal vez “wakarimasendeshita” .

 

 

時鳥棺をつかむ雲間より

hototogisu hitsugi o tsukamu kumoma yori

de entre las nubes,

para llevarse un ataúd

el hototogisu

Yosa Buson

Quizá es por su garganta tan roja, o por su canto melancólico, pero el hototogisu es para el Japón antiguo, y de siempre, el de los yôkai y el Kumano Kôdo, un heraldo de la tragedia. El presagio de una muerte, un alma más para llevar a Enma, el Rey del Infierno.

-Hototogisu- repite M.

Hototogisu… Es la primera vez en mi vida que escucho su canto. Parece luz.

Sin saber por qué imito su canto. Luego M. Luego el hototogisu canta de nuevo. Reímos.

Allí donde se disuelven todos los senderos la noche y la montaña, el silencioso corazón de la lluvia. Alguien camina sin más. Un eco del bosque, la tierra y el agua, su esplendor. Nada. Niños que juegan a imitar pájaros.

cinco

Se quebró el invierno… hoy huele a primavera… y aunque su esencia, abrigada por miles de años, no aporta nada nuevo, sí nos deja algo renovado… Es como regresar… regresar a un lugar en el que nunca has estado, un lugar en donde los ecos traen sonidos libres de artificios… donde la vida y la muerte comparten el mismo lecho.

Camina entre la hierba, apenas alcanza la altura de las margaritas recién brotadas. Se mueve con pasos dubitativos, imprecisos… son sus primeros pasos… Avanza, paso a paso… nunca será consciente del reto que le propone la vida… Junto a él ocho o nueve pollos de la misma nidada… su madre parpa con firmeza manifestando su cercanía.

A mí alrededor todo parece buscar su lugar. No hay resquicio por el que no asome la vida… brota el verde… un verde distinto, lleva el brillo de lo naciente. Una garceta arranca pequeñas ramas de un árbol… pronto tendrá compañía… Una pareja de ardillas escarba en busca de los frutos enterrados durante el último otoño…Yo sigo mi camino… un paso y luego otro… por momentos como el pequeño pato… dubitativo, inconsciente.

Alzo la vista al cielo… en apenas unos minutos ha perdido su azul; primaveratan pronto todo se llena de agua como un rayo de luz borra el luto que dormita en las oquedades del árbol caído. Un pequeño pájaro insiste con su canto. Los ciruelos pierden sus últimas flores.

Sigo con el paseo… mis pasos marchan describiendo un gran círculo… Los círculos tienen algo de magia y mucho de eterno… cuando los recorres, y llegas a su final, es suficiente un solo paso para alcanzar el principio…

Cesa la lluvia…

Del pico de una gaviota

cuelga la cría de un ánade

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

Ciguas

Qué día llegaron a mi calle, no sé. Si sé donde llegaron. Hicieron su nido en la palma real de una de las casas de la acera del frente, a tres casas de donde vivo.

Y allí progresaron hasta llenar las ramas de nidos más pequeños y luego vinieron a establecerse también en los huecos del alero de la casa vecina y también en la ventana del baño de nuestra residencia.

Ventana que en ocasiones no se abre o no se acaba de cerrar por no perturbar a sus inquilinos.

Ni qué decir que las mañanas son un encanto con el frescor unido al gorjear de tantos pajaritos. Por aquí, por allá, las delicadas voces impregnan el espacio con un suave clamor mientras el sol remonta el alto cielo y llega la hora de marcharme al trabajo.

 

Sólo una palma

y multitud de ciguas.

Brisa de abril.

 

Una palma, muchas ciguas.

A su faena cada quien.

 

Dando brinquitos

es que la cigua camina.

Primavera.

 

 

 

FUGU

浅ましと鰒や見らん人の顔
asamashi to fugu ya miruran hito no kao

 

con la misma facha

del pez globo al que miran

las caras de la gente

 

La piel del pez globo es sorprendentemente suave. Y brillante. El fugu no tiene escamas y aún en días encapotados como este parece esculpido en porcelana. Recién salido del agua te mira con carita de pasmo, frunciendo su pequeña boca como para darte un beso.

Hay veces que sacas una foto pensando en alguien. En su cara. “Verás la cara que va a poner cuando se la enseñe”, piensas. Hay una extraña relación entre las cosas, se enganchan en la mente, en la memoria, como las cerezas en un bol.

Takahama es un pueblecito de pescadores en la costa este de Kyushu. Está en lo que se conoce como Youra Hantô, la Península de las cuatro bahías.

Usuki, Tsukumi, Saiki, Kamiura… la carretera es tan estrecha y la frondosidad tan apabullante que las luces del coche se dan automáticamente interpretando que atravesamos un túnel. La península es una estrecha lengua de verdor que gira un y mil veces adentrándose en el océano.

Si no le hubiese visto mirar el mapa cuando paramos en el vivero, diría que Masu conduce por allí de lunes a viernes como si tal cosa. Me gusta la sensación de minúscula ingravidez que sientes cuando tomas un badén a la velocidad adecuada. ¡Uoou! En español. ¡Uuah! En japonés.

En cuanto vi a los cuatro paisanos pescando en el puertecito de Takahama pensé en mi hermano. El principal avatar de mi hermano, en mi particular bol de cerezas, es alguien caminando por el río, pescando en silencio con la maestría y la naturalidad de una nutria o un martín. El agua aquella era tan cristalina que daba miedo. Los pececillos de colores que la cámara no pudo captar parecían flotar justo aquí, debajo de los pies… pero no. Había metros de agua invisible allí, en aquel día nublado.

-¡Fugu! – Masu se ríe y señala a uno de los pescadores. Un pez globo no muy grande pende del extremo de la caña un segundo y un momento después es liberado del anzuelo. Pregunto si lo puedo tocar antes de que lo devuelvan al agua. No quiero que el pez sufra pero la cara de mi hermano viendo la foto es demasiado poderosa. “De estos no hay en el Ucero eh” estoy ya disfrutando…

Masu me sacó tres o cuatro fotos apresuradas. En la mitad me corta cabeza. En la otra mitad no se ve el pez.

La mañana se va cerrando y ahora las luces del coche pasan más tiempo encendidas que apagadas. En un zigzag de la carretera pasamos junto a lo que parce una factoría abandonada. Debí sentir un aware porque el peso de una transparencia de metros de profundidad que siguió entonces no lo he podido fotografiar nunca. El cielo gris y el verdor de la montaña. La herrumbre que ya prende en las junturas metálicas y en los rincones. La claridad del océano que algo siente en alguna parte.

Antes de almorzar paramos en una playa. No hay nadie. En el horizonte un cabo que se resistir a desaparecer en el agua se deshace en rocas de formas caprichosas. Hay aquí una tranquilidad misteriosa y lisa, irrebatible como el abrazo de un amigo. No sé las fotos que saqué intentando relacionar aquel horizonte con alguna otra cosa que aún desconocía. Tampoco sé en la cara de quién pensaba entonces.

Masu se empeña en que me ponga yo mismo en la foto. Coge mi cámara y apunta. Otra otra. Cambia de posición, se agacha, se levanta… Pienso en las rocas perdiéndose en el océano, a mi espalda. Yo no soy un experto fotógrafo pero me doy cuenta de que o Masu no tiene un acertado sentido de la puntería o no me está sacando las fotos a mí.

-Kamome- dice señalando con el dedo. Una gaviota, a mi espalda, planea sobre las olas no muy lejos de la orilla.

Masu me sacó seis o siete fotos. En una hay un precioso horizonte marino con un tipo delante distraído con vete a saber qué. En otras dos ese tipo con una gaviota flotando en el aire, a su espalda. En las demás un precioso horizonte marino con una preciosa gaviota planeando sin esfuerzo junto a la orilla de lo que parece una playa solitaria.

Justo antes de volver al coche recogí del suelo una concha de caracola horadada por el agua y la arena. Parece el suave giro de un pez en el agua, porcelana, una espiral en la nada.

El sitio este se llama Shiranami, ola blanca, y nos lo ha recomendado uno de los pescadores de antes. Ambos nos decidimos por el kaisen-don, una especie de bol de marisco y pescado crudo sobre una base de arroz. Estamos solos almorzando así que el dueño se queda junto a nosotros de charleta. El sitio es pequeño, algo oscuro, pero limpio y agradable como siempre son estos sitios en Japón.

Keizô, el dueño, tiene ya sus añitos y charla sonriente y afablemente con Masu. Cuento los segundos hasta que salga la palabra “haiku”.

-¡Uuah! -como si tomara un pequeño badén de la carrera que no existe, Keizô san me mira entre asombrado y divertido. Un gaijin por aquellos andurriales es raro, un gaijin que diga escribir haikus por aquellos andurriales…. La cara que se te queda… y sin foto.

Me pregunta qué haijin me gusta. Según digo nombres sus cejas van arqueándose más y más. Parecen gaviotas blancas. Le enseño mi libreta con apuntes y dibujillos. –Sugoi… -dice. Masu ríe divertido. A Keizô san le gusta Kobayashi Issa. Asiento… Y el karaoke. Esto ya no sé….

Después de intentar participar en la conversación con mi minúsculo japonés me voy retirando poco a poco a mi taza de té. Ellos dos continúan hablando y soltando exclamaciones de asombro. ¡Ara ara! ¡subarashii! ¡sugoi! … Entiendo palabras sueltas. En un momento dado oigo claramente “Feripe segundo”. Dios, daría diez kaisen-don de estos por saber de lo que están hablando. ¡Sugoi!

El hombre nos invita al cafelito, sin azúcar porque no hay, y luego insiste en que salgamos al jardín. Hay una cosa muy especial que quiere mostrarnos.

-Hotei –dice, delante de una piedra bastante grande. Parece mojada por la lluvia. Las exclamaciones se suceden…

Hotei Hotei…. El monje zen aquel de la China del siglo X que andaba errante por las caminos con un hatillo al hombro. Uno de los siete dioses de la fortuna según los japoneses. El “buda feliz” que llaman por ahí, panzón y permanentemente sonriente. Hotei… se supone que se le intuye en las formas de la roca… Masu y yo nos agachamos, nos levantamos, cambiamos de posición…. No sé…

Tengo solo una foto junto a Keizô san y Hotei. La sacó Masu y está perfectamente encuadrada.

Del fugu se aprovecha todo. Como del cerdo. Vaya, qué tópico. Piel, carne, huesos, hígado… Bien es verdad que si te comes una buena loncha de jamón de cerdo es poco probable que acabes en urgencias con una intoxicación que termine facturándote al Paraíso de la Tierra Pura. El fugu, su hígado, es muy venenoso y por eso hace falta un permiso especial para manipularlo y cocinarlo. Los restaurantes que lo sirven son pues caros y no muy abundantes. Es una comida para ocasiones especiales. Dicen que los verdaderos maestros saben “intoxicar” la carne del pez justo justo lo suficiente para sentir en tu boca un desconcertante cosquilleo como si se te durmiera ligeramente.

Tampoco pensaba yo en estas cosas cuando aquella misma noche cenamos fugu en un restaurante, ya en Ôita. La mujer de Masu se reía cada vez que él pedía más sake, aromatizado con las aletas tostadas de fugu, mientras me intentaba explicar que con los testículos del pez se hacía caldo. Ella suspiraba y se reía “Ay Masu…” Qué caritas…

El sake es lo que tiene, o el suave veneno de porcelana del fugu… uoou… uuah…

Hashioki es como se llama a los soportes de diferentes materiales e infinitos diseños que se colocan en la mesa para apoyar los palillos y que con sus extremos no toquen el mantel. Tengo uno que me regalaron en aquel restaurante. Tiene forma de fugu, aunque a mí también me parece un cachalote, no sé…

Tocar su brillante superficie es como acariciar cerezas… Algo en mí transparenta la claridad de un océano que calla en alguna parte, algo en mí sucumbe al ligero adormilamiento de la herrumbre que tizna el envés de la hiedra.

“Tranquilo. No te preocupes lo más mínimo.” Hay quien te diría algo así y no verías nada. Existen sin embargo personas que cuando te dicen “tranquilo” algo en ti en verdad se aquieta, sin saber cómo ni por qué, algo invisible y bueno, como esa lluvia que ni siquiera te diste cuenta de que caía mansamente mojando las grandes piedras del jardín. Y ves. El abrazo de un amigo, la playa solitaria que se demora en volver a ser océano.

Cuatro

Un cielo gris, una luz acerada… un frío blanco que se hace notar allí donde poso la mirada… un silencio que borra, del principio al fin, aquello que creo ser… Hoy, excepcionalmente, nieva en la ciudad…

Recorro otro de los lugares principales de Gijón, el parque de los Pericones, asiento del cementerio urbano de la ciudad… Paso a paso camino junto a los muros en donde se deslindan la muerte y la vida, el sueño y el soñador…

No muy lejos, y como en todo parque, hay una zona de juegos infantiles; hoy está vacía… no hay risas que se persigan, que se atrapen, que se asomen vertiginosas al final del tobogán. Hoy los bancos no tienen sombras en las que cobijarse, ni ancianos sentados que aparenten esperar mientras observan un velado horizonte. Hoy solo una mariposa vuela entre los últimos copos del invierno… parece no encontrar lugar en donde posarse; hoy, quizás como ella, tampoco sé donde pararme… Paso a paso, camino sin dejar de preguntarme: ¿en este silencio, cuántos silencios hay?

Cruzo una de las puertas que me lleva al otro lado del muro… un laberinto de nichos y tumbas donde el sonido es amordazado por el cemento, donde el tiempo es una cuña que agrieta los sepulcros… Me muevo entre ese todo que es la nada… y allí, en un rincón, donde aún respira la luz del mediodía, saludo a mi padre… el frío de la lápida y su recuerdo me hablan.

Retorno al parque… en mis labios el sabor de la nieve… mis sentidos tratan de aferrarse a todo aquello que me rodea. Atrás queda el ángel de granito con su ala quebrada… atrás queda ese espacio en el que miles de flores van a morir…

 

… cuando solo se escucha

el crujir de la nieve

al ser pisada

 

A mi padre, fallecido el mes de marzo de hace 39 años en el día más triste de mi vida.

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

LA PRIMAVERA

     La vi un día de enero cuando el ruiseñor se posó aquí cerca sobre el hilo del tendido eléctrico. No cantó, no dijo nada.

Más tarde, viajando en la carretera, la vi en las flores naranjas de las amapolas y los tulipanes africanos.

En febrero ya estaba en la avenida y pasaba desapercibida. Algunas escasas caobas, en la parte más alta de su fronda, tenían pequeñas agrupaciones de hojas nuevas que se destacaban por su color verde manzana.

Ahora ya es marzo y llegó a la vista de todos. Son más largos los días, más cálidas sus horas. Su palpitación está en los robles, las acacias florecidas, los piñones, la niebla de la mañana, el concierto de los ruiseñores, la actividad de las ciguas, el sol que cruza más alto en el cielo.

Y unas lluvias tímidas que todavía no llenan los humedales.

 

Le cuesta caminar

al potrillo reciente.

Oh, primavera.

hirado

弔旗へんぽんとしてうらゝか

chôki henpon to shite ura ka

 

luminosa

se agita la bandera

a media asta

 – ¡Fueron tan famosos durante la guerra, el gobierno japonés hizo una canción para mostrar lo valientes que eran! Eran tiempos de guerra…

Hotta-san se recoge el vestido y se acerca a la foto desvaída por el tiempo. Yo también, casi de rodillas sobre el tatami. Parecen niños. Niños vestidos de uniforme junto a lo que parece un gran árbol. Tres hijos de esta tierra.

Sería la guerra sino-japonesa pienso para mis adentros. Por los años en que vivió Santôka… calculo un poco así al albur.

Sobre la mesita de madera, al lado de la fotografía de los niños, de los soldados, hay dos poemas de Santôka. Uno caligrafiado sobre un papel, otro sobre un plato de cerámica bellamente decorado en tonos azules. Un alguien que camina, que se aleja, que descansa. Los kanjis y kanas son estilizados y apenas reconozco nada salvo el nombre de Santôka.

– Recuerdo a mi madre cantar esa canción, ella era una niña de la escuela en ese momento.

Hotta-san guarda silencio y entorna ligeramente los ojos. Parece que descansa, o se aleja hacia algún lugar lejano, pequeño, teñido de azul.

Sakino, Nagayama. Una hermosa casa de antiguos comerciantes de la época Meiji. No acabo de entender por qué esa foto y esos poemas de Santôka están aquí. Hotta-san, antigua maestra de cha-dô, me guía por la casa con pasos cortos y ligeros. La madera antigua apenas cruje al subir escaleras y descorrer y volver a correr los shôji que separan unas estancias de otras. – Por aquí se escapaban los contrabandistas- me dice con una sonrisa de niña traviesa mientras señala una trampilla entre lo que parecen dos armarios. – Y aquí se escondían los ninjas- ríe. Me meto en esa especie de recoveco umbrío al cobijo de una escalera. Ninjas y gaijines debe ser un binomio tan hilarante y natural para un japonés como las ranas gordas y la lluvia.

En la luz del sol tamizada por las celosías de madera el polvo, de siglos iba a decir, no, el polvo sin más, brilla ahora sí, ahora no, en la soledad de esa casa vacía, cerrada la mayor parte del tiempo. Al salir fuera, en el coche junto a Hotta-san para retomar la ruta por Hirado, es en lo único que pienso. Qué cosas.

Hirado es una isla en el extremo noroccidental de Kyushu. Un puente rojo que recuerda también en su forma al famoso Golden Gate de la bahía de San Francisco lo une a Kyushu, otra isla al fin y al cabo.

Ascendemos por una colina con lo que parecen amplios escalones excavados en la ladera cubierta de hierba amarilla. Desde allí se puede ver casi todo Hirado y parte de las prefecturas de Nagasaki y Saga. Bajo un cielo encapotado los penachos de las altas susuki ondean al viento con una luminosidad vacilante.

Hotta-san vive en Tenkeiji, el templo del que su marido se encarga desde hace muchos años. Mientras tomamos un té verde servido primorosamente por ella, claro, admiro el pequeño jardín interior que parece rodearnos y penetrar las estancias cubiertas de tatami. Ella cuenta que es probable que el funeral de uno de esos tres soldados de la foto se celebrara en este mismo templo. Quizá Santôka asistiera a aquel funeral y escribiera el haiku caligrafiado sobre el papel que vimos esta mañana en Nagayama, me dice.

Afuera, en el jardín de entrada, sobre una enorme piedra está tallado un haiku. Esta vez no solo reconozco el nombre de Santôka, también el hiragana “pottori”. Solo puede ser un haiku:

笠へぽつとり椿だつた

kasa e pottori tsubaki data

 

¡pot! me cae una camelia en el sombrero

 

Siempre me ha encantado este haiku. Y esa onomatopeya. Pottori. De hecho la uso bastante a menudo sin darme cuenta. Pottori. Como caen las camelias y los días tristes, o los niños que van a la guerra. Por completo y de una sola vez.

Mientras vuelvo a casa en el autobús, justo tras cruzar el puente rojo de Hirado, puedo ver perfectamente el castillo dominando desde lo alto la ciudad, recortado en el cielo claro de la tarde. El azul se ha abierto paso entre las nubes que se han hecho jirones en el transcurso del día.

Pienso en Santôka con su sombrero entre las manos, serio, mirando una bandera a media asta y pensando vete tú a saber qué.

A veces pienso que pienso pero no.

春寒い島から島へ渡される

haru samui shima kara shima e watasareru

 

pasando de isla en isla

con el frescor

de la primavera

 

Pienso en el otro poema escrito por Santôka que vi esta mañana. El que estaba pintado en azul sobre un plato de cerámica.

Pienso en un alguien sobre una colina, o recogido en un recoveco, en el silencio antiguo de una vacía casa de madera. En pequeñas siluetas junto a un gran árbol, que sin saberlo se convierten ya en azul. En la maestra de cha-dô que mira el mar sin decir nada mientras los penachos de las susuki brillan ahora sí, ahora no, en el viento de la mañana, ajenos a todo.

En islas unidas por puentes rojos…

Quizá mi alma, como Japón, es una isla y por eso aquí camina sin más, un algo que se aleja, que descansa.

Pienso…

 

CABALLOS

Por años los he visto en el área verde entre la urbanización donde vivo y el río Isabela. Son una familia o varias familias y de vez en vez hay algún potrillo casi recién nacido.

Suelen pacer en el mismo camino por donde transito con los perros o en áreas aledañas. En ocasiones los he encontrado metidos en el arroyo. Cuando ocupan el camino, a veces me devuelvo para no perturbarlos, a veces les paso con cautela mientras ellos me abren espacio lentamente, también cautelosos. Hay veces que no los veo pero paso por lugares donde queda el olor de su orina.

Son otra nación, ya no pertenecen como antes a los trabajos y hazañas de los hombres, siempre con mucho sacrificio para ellos. Los observo y no he podido penetrar sus conversaciones, como lo hacía Lara, la perra, que se les acercaba y se olía nariz con nariz con alguno de ellos.

Son rojizos, de pelo negro, están bien alimentados y viven en paz, ajenos al mundo de los humanos. Es una dicha encontrarles por el camino con sus ojos grandes y sus cuerpos vigorosos dispuestos a acompañar al viento.

Pasaron los caballos.

En el camino hay huellas

de caballitos.

tres

En el parque es otoño… la luz sonríe débil… es tiempo de nidos faltos de calor, de despedidas, de vuelos largos… es tiempo de futuros blancos.

El parque, con el paso de los días, va perdiendo su tono verde. El olor de la pinaza y el agitado aleteo de los pequeños pájaros llenan los huecos que dejan las hojas caídas. Apenas a un par de metros de mí, sobre un tallo cimbreante, se posa un resuelto carbonero*… inclina su cabeza hacia un lado… me mira, le miro hasta abandonarme en el brillo de sus diminutos ojos negros… parece observarme con extrañeza… puede que tan solo busque una mano tendida en la que picotear alguna semilla… o tal vez, solo tal vez, se pregunte quién es el insólito ser que está ante él y no tiene alas.

Un paso y luego otro… Cámara de fotos en mano me muevo alrededor de la laguna más grande del parque. Las garcetas bueyeras, con sus crías ya crecidas, se han ido… Ocho o nueve cormoranes, encaramados en lo más alto de un árbol, secan sus plumajes al tibio sol del mediodía; su quietud convive con el bullicio de decenas de gaviotas que parecen no encontrar su lugar.

El cielo, por momentos, oscurece… las sombras se disuelven. Cae la primera gota… otra… cientos… llegan como música sin partitura a seguir… Busco refugio bajo un pino que aún mantiene sus ramas tupidas. Con la lluvia brota la esencia de las cosas… redescubro todo lo que me rodea… en cada gota un improvisado acorde al que parece contestar la voz rasgada de un ave… hoy la lluvia suena a viejo blues.

Bajo los árboles contemplo el aguacero… el parque despunta en los charcos… el silencio se muestra desnudo.

 

Suena el agua en el viejo canal…

las hierbas altas

comienzan a doblarse

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

*Ave insectívora pequeña, muy llamativa, de colores azulados y amarillentos.

shakuhachi

けいこ笛田はことごとく青みけり
keiko fue ta wa kotogotoku aomi keri

 

práctica de flauta

campos de arroz

un verdor que lo cubre todo

Issa Kobayashi

 

Sentado en seiza el maestro de shakuhachi espera a su alumno. Un sencillo té verde sobre el tatami. Llega un señor tan mayor como el propio maestro. Reverencias, apenas un susurro que no alcanzo a entender.

El alumno hace una reverencia al cojín sobre el tatami, como en el zen pienso yo, y se sienta también en seiza frente al maestro. Un pañuelo delante de las rodillas. Despacio, tranquilamente. El maestro examina las partituras y extiende una sobre el cojín, frente a su alumno. Este le corresponde con una reverencia.

Silencio.

El único requisito para estar aquí es que guarde silencio. Miro como el alumno toma entre sus manos el shakuhachi, la flauta tradicional japonesa de ocho pies (literalmente shakuhachi) y se lo acerca a los labios.

Silencio.

Un silencio que se alarga hasta tensar el mío. Por un momento pienso que le pasa algo, que se le ha olvidado tocar, que no ve la partitura….

De pronto ese silencio se rompe, bueno no, en realidad no se rompe. Ese silencio… no sé… De pronto suena un leve viento que no sé cómo ni de dónde viene.

Las notas… las no-notas, no sé… ese sonido de ese viento parece llegar desde las montañas que rodean la ciudad, se transforman unas en otras como deslizándose por el filo de las hojas del bambú.

Un sonido que se hace silencio, un silencio que se hace sonido…

Levemente sinuosas, las hileras de arroz joven recorren el campo recién anegado. En el fondo, o en el cielo, unas pocas nubes se mueven apenas con el viento que sopla levemente. La mochila me pesa cada vez más desde que el sendero comenzó a empinarse. Aún queda un trecho hasta el santuario y el sol a esta hora de la tarde cae de plano sobre los arrozales.

Sentado junto al agua cristalina miro los renacuajos quietos junto a los brotes de arroz mientras bebo agua y como un onigiri. Qué silencio hay aquí. Ahora. Justo cuando el viento mueve un poquillo las hojas verdes del arroz y alivia mi pies recalentados. Me quito el kasa, el sombrero de junco, para sentir ese viento en el pelo aunque sea por un momento.

Shinmai. Así se llama al arroz joven. Recuerdo de pronto. También significa “principiante”. Qué bonito, pienso sin saber por qué. Como el arroz joven. Un principiante en todo. Lleno del verdor de las cosas que comienzan a vivir. Abarcarlo todo con una mirada tan transparente como esta agua que se llena de todo sin aferrarse a nada y sustenta el arroz que será. Ajeno al peso de las cosas o su voluntad, como el viento…

Qué silencio hay aquí. Sí.

Un silencio que se hace sonido, un sonido que se hace silencio…

El alumno ha finalizado. Un nuevo silencio que desde el aire va depositándose sobre todas las cosas. Una reverencia al maestro. Serenidad.

El maestro da la vuelta al cojín y repite algunos fragmentos. En frente, su alumno no mueve ni un músculo. Asiente tan levemente con los ojos entornados que apenas alcanzo a verlo.

El maestro concluye y sonríe. Hace una reverencia a su alumno.

Suena un claxon. Ah, estamos en la ciudad, es verdad. Se me había olvidado. Sobra la ciudad aquí y ahora.

Después de la clase el maestro me muestra su casa. La colección de shakuhachi, las fotografías de sus maestros, ilustraciones de los “monjes de la nada”, los kumosô, esos tan llamativos de la secta fuke con la cesta en la cabeza para no distraerse absolutamente con nada. Caminar y tocar el shakuhachi, y ya está. Por un momento me imagino así. Con un cesto en la cabeza. Pero sin tocar nada. Y dando tumbos a trompicones de aquí para allá.

Al salir de la casa del maestro ya es de noche. Algunos copos de nieve parecen materializarse desde la oscuridad hasta adquirir blancura. Son muy pocos. Quizá los primeros de la nevada que vendrá.

No hay viento y caen sobre mi cara haciéndose nada serenamente. Su sabor es frío y breve.

Boroboro. Pienso de pronto, no sé por qué. Una onomatopeya. Algo que se desmorona, algo que está cayendo, como las lágrimas o el arroz. Qué cosas tienen los japoneses… lágrimas o arroz… Recuerdo a Santôka con sus manitas lamentándose del arroz derramado…

En la serena quietud de la noche parece que los primeros copos han sido también los últimos. No hay viento. No hay nada.

Silencio.

Pienso en el verano que fue, en el que será. En el verdor recién estrenado del arroz joven.